No sé muy bien cómo comenzar esto.
He estado rumiando rabia y frustración durante los últimos tres días. Y vuelvo a estar aquí. Como si no hubiese pasado el tiempo.
Por eso el título de este post tiene que tener nombre propio.
Le he dado muchas vueltas. ¿Y si llega un pelón o pelona que está comenzando en toda
esta mierda por primera vez al blog? ¿Qué cojones va a pensar? ¿Y aquello de pretender que esto fuese un foco de energía positiva?
...
Y aquí estoy. Escribiendo.
En la misma silla, en el mismo escritorio y con el mismo ordenador, sí. La misma escena que se repitió tantas noches. La misma ventana para vomitar bilis. La misma nausea atravesada en mitad de la garganta. Y... ¿el mismo miedo? No. No es el mismo. Pero me acojona igual.
No puedo cerrar los ojos y recrear la sensación de una noche ingresado en el hospital. Es superior a mí, me produce ¿qué? ¿pánico? No tengo claro qué es sentir pánico, pero no sabría describirlo mejor. Viene y va. Viene y va.
Y todo, simplemente, porque mañana es
El día.
El día debería ser el principio de un punto y final que ha tardado
mucho demasiado en llegar. Mañana, en principio, me despediré de un compendio
fantabuloso de dolores y limitaciones. Dolores y limitaciones que llegaron con los
efectos secundarios primarios.
Porque el mismo tratamiento que me permite estar escribiendo aquí y ahora, es el mismo que ha provocado que mis caderas ya no puedan menearse como las de Shakira (toda persona que ha pasado una noche conmigo con las caderas no necrosadas, sabe que tengo un ritmo infernal).
Y sí, después de casi catorce meses como catorce soles, comienza oficialmente mi etapa de
viejoven.
Me espera una prótesis.
Y no estoy contento. ¡Estoy hasta los huevos! ¡Pero hasta los huevos!
Porque llega de imprevisto. Porque
conlleva que se agoten los planes B. Y porque no soporto una puta habitación de hospital.
>Recapitulo:
A finales de septiembre de 2015 comencé a sentir un dolor en la ingle. Aquello, de por sí, provocó una ebullición de miedo en forma de ganglios. El susto pasó. Pero los efectos del diagnóstico real se han ido acentuando día a día. La cabeza del fémur izquierdo se estaba necrosando. ¡Por aquel entonces, claro! Porque lo que se pueden encontrar mañana... yo no sé si es un hueso necrosado o su
digievolución.
En mayo de este año se intentaron salvar los muebles, esquivar la prótesis. Una intervención menor que, con suerte, podría producir que la necrosis dejase de avanzar, aliviar el dolor.
Pero... una mierda (como un piano) para mí.
Desde entonces, tras la no recuperación, decidí abordar los
efectos secundarios primarios de toda esta jarana a mi manera. Porque me he cansado de conformarme.
¿De verdad no haberla palmado lo compensa todo? En este punto
creo que no.
Se aceptan las taras a nivel cognitivo. De hecho, como son obviadas por la gran mayoría al ver un aspecto "saludable", uno no es que lo acepte, es que se resigna a asumir que hay que hacer malabares para sobrellevarlas (y muy aburrido de que tan poca gente empatice).
¿Pero las físicas? ¿Uno se puede resignar también? Es que a mí no me sale.
No he sido capaz de acostumbrarme a este dolor. Misión imposible. Y eso que los dolores que al principio me parecían fuertes ahora parecen una broma.
Y ya, durante las últimas semanas, cuando de repente todo se para y esos pinchazos me han doblado, no me ha importado juntar cuatro
pirulas y pasarme por el forro la prescripción oficial. Porque un día a día marcado por el dolor no es vida. No. No lo es.
Ese dolor se ha traducido en diferentes daños colaterales.
Me ha hecho ser una persona dependiente. Me ha robado horas, días y semanas. ¡MESES! Ha cambiado mis planes a su antojo. Me ha traído desgana, apatía y me ha envenenado. Y hace mucho tiempo que siento que yo no soy yo.
Porque únicamente soy lo que todo lo que se va sucediendo me deja ser.
Y no soy yo ni conmigo mismo ni con los demás. Porque no estoy seguro de que nunca haya afrontado esto de la mejor forma. O al menos la más sana. Y no, ya no se dónde termina mi piel y empieza la coraza. Y quizá, siendo un poco más transparente... tantas cosas no habrían sido como al final han acabado siendo... Quizá ni empezado. Quizá.
Me he esforzado por buscar una paz ficticia, por alimentar un mundo de caminos rectos, sin vaivenes. Por cerrar
El paréntesis. Pero no.
Nada de eso se puede forzar. Y el resultado es este. Es esto.
Es un "otra vez". Una nueva pulsera roja, que me echa mucha tierra encima. Mucha.
Y no.
No son efectos secundarios.
Son efectos primarios.
Porque influyen de manera negativa y de forma constante,cada día. Porque impiden sentir que por fin todo ha terminado. Porque provocan que cada traspiés se sienta como un coletazo más de aquel monstruo.
Y aquí estoy. Escribiendo.
En la misma silla, en el mismo escritorio y con el mismo ordenador, sí. La misma escena que se repitió tantas noches.
Porque hace tres días tuve que regresar a Alcalá.
Porque vuelve a ser la salud la que hace que todo se dé la vuelta. Y porque ha tirado por tierra un montón de decisiones difíciles con las que me ha costado mucho lidiar. Porque es injusto atreverse a saltar al vacío y arriesgarse a un
todo o nada y que, de repente, tenga que aparcarse. Otra vez.
Y porque desde que he vuelto, he ido dilapidando horas, por inercia. Mi cuerpo me pedía estar entretenido, pero la cabeza ha jugado a ir a su ritmo.
Y se me ha hecho bola.
Aunque tampoco he querido tocar el tema con nadie. Jugando a evadirme hasta que llegase El día, el lunes (hoy, técnicamente).

Y aquí está.
Y juro por los dioses antiguos que me cago en todo lo cagable.
Aunque también prometo que, si finalmente en unas semanas todo ha ido bien, volveré para desdecirme y achacarlo a un ataque de histeria. A una de esas veces en las que es necesario tocar fondo para volver a coger impulso.
Y ojalá ese impulso me devuelva pronto a un tercero sin ascensor. A escuchar las campanadas de la catedral. A dejarme, por fin, vivir la vida como yo decido, perdido entre calles estrechas y peatonales. Lejos de todo este
Ruido. Sin más
cambios de dirección impuestos.
Ojalá pronto pueda empezar una entrada diciendo:
"Y aquí estoy. Escribiendo.
Pero no es la misma silla, ni el mismo escritorio. Y aunque sea el mismo ordenador, esta ya no es la misma escena que se repitió tantas noches".
¡Ojalá!
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Es raro. Después de soltar tanto lastre me siento más ligero... pero no puedo evitar escuchar ya cómo los pitidos resuenan en los pasillos oscuros del hospital. Me es imposible no pensar en estar encerrado allí. Las máquinas toda la noche parpadeando. Goteros. Preguntas. Molestias. Reminiscencias. ¡ASCO PUTO!
Mierda. Mierda. Mierda.
No sabía cómo empezar esta entrada. Tampoco cómo cerrarla.
Así que nada, en unas horas nueva herida de guerra. Y ya está. Porque como a alguien se le ocurra dejarme con cojera el resto de mi vida... correrá sangre.
Y bona nit se ha dicho.
(PDTA: ya profundizaremos en más efectos primarios... o no).